El carisma comienza en la mente

Sabemos que el carisma es esa magia que algunas personas poseen de manera natural para atraer o cautivar. Albert Camus lo define como la capacidad para lograr un sí sin haberlo solicitado. Es un poder que se puede aprender y desarrollar, como todo en la vida, y un tema que por muchos años ha sido motivo de intriga y controversia.

Nos guste o no, el carisma hace que el mundo se mueva –hace que la gente quiera hacer lo que el líder propone. Sabemos que es crucial en la vida personal, en los negocios, en las ventas y en la política.

Sin embargo, hay dos tipos de carisma: el genuino y el falso.  El falso puede tener varias manifestaciones, por ejemplo, el carisma del poder—ya sea por un puesto político, por un atractivo o belleza física, por una cuenta bancaria, por un puesto dentro de una empresa o por la fama en sí; así que no hay que confundir. El falso carisma es como un barniz delgado que rápidamente se desgasta.

El carisma genuino, el que verdaderamente atrae, es el que comienza en la mente, en tu mente. Y es el que el otro capta de manera inconsciente y percibe en cada célula de su cuerpo. Es el que abraza elementos como la buena presencia, la calidez, la empatía, el interés por el otro y un lenguaje corporal determinado que tienen su origen en tu interior y en la aceptación personal.

Si en tu mente albergas pensamientos y emociones anti-carismáticas –ansiedad, inseguridad, temor y demás– no habrá esfuerzo, ropa, joyas, labia, ni voluntad suficiente que las maquille, tratar de fingirlo es comparable a poner balcones muy bonitos sobre una casa de estructura de cartón.

Me aman por quien soy

Si bien mostrar calidez a los demás es un principio básico del carisma, hay otro que quizá a muchos nos cueste más trabajo: ser cálidos con nosotros mismos. Para lograrlo puede ayudarnos recordar esa “verdad básica” de la que nos habla el doctor Robert Holden, que es el principio de todo, y consiste en saberte una persona amada y amable por naturaleza. Es tener conciencia de tu ser, de tu esencia que forma parte del amor eterno y se une con el todo.

Cuando te conectas contigo mismo te acuerdas de esta verdad y puedes afirmar con confianza: “Me aman por quien soy”. Aunque a tu ego le gustaría llevarse la medalla, esta cuestión no es egoica. Significa que te aceptas como eres, que no necesitas ponerte una cara ni usar una imagen agradable o jugar un papel para que te acepten. La aceptación propia no pertenece al ego porque no afirmas ser más amable que otros. Ni te comparas a ti mismo al decir que tienes algo más o mejor que los demás. Simplemente confías en que amarte significa ser tu mismo y eso –ser tu mismo– es la clave para que otros te amen. Ahí surge el verdadero carisma. Ése es el secreto.

Cuando olvidamos esta verdad básica dejamos de vernos, comenzamos a albergar pensamientos que se basan en el miedo, ese miedo a “no ser querible” provoca que te sientas culpable y por ende, actúes culpablemente. Y al dar vida a tu culpa, otros la perciben también. ¿Culpa?, ¿de qué? Culpa de no ser suficientemente… (completa la frase) atractivo, inteligente, culto, exitoso, interesante, capaz. Lo más anticarismático que existe.

Y cuando esto sucede, tratamos de cambiar mil cosas en el exterior; pero nada mejora, porque no dejamos de repetirnos “no soy querible”. Y lo único que en verdad se requiere es querernos.

Quizá habría que repetirnos una y otra vez, una oración preciosa de Macrina Wiederkehr, una monja benedictina que dice: “Dios mío, ayúdame a creer la verdad que hay en mí, no importa cuán bella sea”. Amén.

Articulo original vía gabyvargas.com

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