Quién fue Andrés Quintana Roo?

El 15 de abril de 1851, muere en la Ciudad de México uno de los más distinguidos próceres de la Independencia, Andrés Quintana Roo, quien fue uno de los pocos insurgentes que logró transitar de la etapa militar del movimiento a la vida independiente y, por lo mismo, uno de los personajes que, una vez  consolidado el triunfo frente a España después de 11 años de lucha, se dio a la tarea de empezar a echar los cimientos de una nación firme, estable y organizada, lo que exigiría, tanto de él, como de los demás actores, hacer gala de su sagacidad política, de su capacidad y de la firmeza de sus convicciones.

Poco antes de iniciar el siglo XIX, el virrey Carlos Francisco de Croix, marqués de Croix (1766-1771), había dejado en claro el sojuzgamiento en el que vivían los habitantes de la Nueva España, al publicar el bando en el que afirmaba que los nacidos en este territorio lo habían hecho “para callar y obedecer y no para discutir las altas disposiciones del gobierno”. Esta expresión, digna del despotismo ilustrado que caracterizaba a la monarquía del rey Carlos III de España, fue una de las razones que dieron inicio a la formación de una conciencia de independencia y libertad en los novohispanos, ya que les indignaba que se les impidiera participar en los asuntos públicos de su país. Esto llevó a que, al hacer los insurgentes un llamado a la población para enfrentar a la Corona española y a sus representantes en México, desde diferentes partes del territorio nacional surgiera la inquietud por participar en esta lucha, ya fuera con las armas o con las ideas. Andrés Quintana Roo decidió hacerlo con las ideas, con su trabajo intelectual realizado como escritor y como periodista.

Ferviente creyente en la necesidad de un cambio, Quintana Roo pondría al servicio de la insurgencia sus conocimientos de jurisprudencia y la habilidad e inteligencia de su pluma para enfrentar a un poder que, aunque ya manifestaba su decadencia, todavía contaba con una gran fuerza militar para apagar cualquier intento de reordenamiento político, económico y social. Sin embargo, para 1810 la maquinaria independentista se había echado a andar y ya nadie podía detenerla.

Nacido el 30 de noviembre de 1787 en el seno de una distinguida familia criolla en la ciudad de Mérida, Yucatán, la lejanía de su provincia no impidió que Andrés tuviera acceso al pensamiento liberal que, aun con dificultades, se difundía rápidamente por aquella época. Fue el segundo de los ocho hijos que tuvieron José Matías Quintana y María Elena Roo, quienes, a pesar de la situación privilegiada de su familia, nunca se mantuvieron al margen de los acontecimientos que sucedían.

Habiendo terminado sus estudios en el Seminario Conciliar de San Ildefonso de Mérida en 1807, las inquietudes progresistas de su familia, unidas a sus propios méritos, relaciones y talento, colocaron a Andrés ante la perspectiva de salir de Mérida de forma definitiva, ya que sólo regresaría hasta 1841 para realizar una delicada misión. Es así como, en 1808, con veinte años de edad,  llegó a la Ciudad de México, y después de presentar los exámenes del curso de Artes y de Teología y Cánones, obtuvo el grado de bachiller en ambas disciplinas al año siguiente, decidiendo ingresar a la Universidad de México para continuar sus estudios como abogado.

Con el fin de iniciar sus prácticas como pasante, Quintana Roo empezó a trabajar en el despacho de don Agustín Pomposo Fernández de San Salvador, uno de los más renombrados jurisconsultos de la Nueva España, pero también un acérrimo realista y un hombre típico de su tiempo y de su posición. Fue en estos años cuando los hechos se desencadenaron; la insurrección criolla contra el gobierno peninsular comenzó y el país se vio inmerso en el torbellino de la guerra de independencia.

Su formación e inquietudes acercaron a Andrés a la figura de una mujer que jugó un papel decisivo en la independencia: Leona Vicario, sobrina del Lic. Fernández de San Salvador, hija de su hermana Camila, y quien había quedado a su cargo al quedar huérfana de padre y madre. Leona era una joven con una gran inquietud intelectual, que se había dedicado a cultivar una mente libre y de amplia conciencia, lo que la llevó a no permanecer ajena a los sucesos que se desarrollaban en la Nueva España, convirtiéndose en una ferviente convencida de la causa insurgente, a la que apoyaría con todos los medios a su alcance. Sus intereses intelectuales, así como el sueño de libertad que ambos compartían, unieron a Leona y a Andrés, quienes no contaron nunca con el apoyo de don Agustín, quien detestaba las ideas liberales que él profesaba. Sin embargo, al producirse la victoria de Morelos tras el sitio de Cuautla, en mayo de 1812, gran cantidad de criollos se unieran a la insurgencia, entre ellos, Andrés Quintana Roo y el propio hijo de don Agustín, Manuel Fernández de San Salvador, quienes se unieron a las tropas comandadas por Ignacio Rayón, poniéndose en marcha hacia su cuartel general al sur de Michoacán, en Tlalpujahua, en donde Leona los alcanzó unos meses más tarde, contrayendo matrimonio con Andrés.

Quintana Roo sería una valiosísima adquisición para la causa insurgente, pues, aunque no poseía dotes de militar, tenía mucho que aportar. Su talento, formación intelectual y entrega fueron imprescindibles para una tarea que era prioritaria en ese momento: fortalecer al movimiento difundiendo sus motivaciones, planes políticos y actividades, dotarlo de las estructuras jurídicas necesarias para su organización futura, y dejar patentes, por medio de sus artículos, los ideales de justicia y libertad por los que se luchaba. Para los insurgentes, era vital mantener informado al pueblo sobre las luchas y los triunfos de la revolución, haciendo un llamado a los que todavía no se decidían a participar en ella.

Es así como, junto con José María Cos y Francisco Lorenzo de Velasco, Andrés Quintana Roo conformó el selecto grupo de criollos ilustrados que se dedicaron a imprimir varios periódicos insurgentes y uno que otro escrito subversivo, en los que pugnaban por la libertad y la independencia, ayudados para su difusión por una imprenta hecha con tipos de madera, y otra que les enviaron los Guadalupes desde la Ciudad de México, convirtiéndose Andrés en un colaborador indispensable como escritor y periodista.

Sus primeros escritos aparecieron en el Ilustrador Americano, del Dr. Cos, semanario que comenzó a circular en mayo de 1812 y que se convirtió en el principal órgano difusor de las proclamas insurgentes, así como de las noticias de guerra. Como parte de toda esta campaña de propaganda, las tropas de Rayón festejaron por primera vez, el 16 de septiembre de 1812, el inicio del movimiento independentista de 1810, en Huichapan (en el actual estado de Hidalgo). Es en este contexto donde aparece la primera arenga patriótica de Quintana Roo en una proclama que publicada en el periódico con la firma de Rayón, pero que por testimonios de Carlos María de Bustamante, se sabe que el autor es Quintana Roo. La concluye diciendo: “sin tener armas, ni municiones, ni dinero, ni uno siquiera de los medios con los que cuenta el feroz gobierno para destruirnos, la nación camina, llena de majestad, hacia la victoria”. Más tarde, fundó y se constituyó en el alma delSemanario Patriótico Americano, sucesor del Despertador Americano, de Miguel Hidalgo. Tanto el Semanario como el Ilustrador Americano, continuaron apareciendo hasta comienzos de 1813.

Hacia agosto de ese mismo año, José María Morelos planteó su propuesta de organizar un gobierno nacional que le diera unidad y forma al movimiento, para lo cual convocó a todos los miembros de la Suprema Junta Gubernativa de Zitácuaro a un congreso en la ciudad de Chilpancingo. Fue aquí donde Quintana Roo conoció a Morelos, a quien describió como “un clérigo fornido, cariancho, moreno de grande empuje en el andar y movimientos,  de voz sonora y dulce”. Morelos sorprendió a Quintana Roo por su sencillez y su falta de corrección al expresarse, lo que contrastaba con lo avanzado y lúcido de sus planteamientos sobre los derechos de los hombres, la división de poderes, la separación de la Iglesia y el Estado, la libertad de comercio y todos los conceptos que quedarían reflejados en la Constitución de Apatzingán.

El 13 de septiembre de 1813 se hicieron públicos los nombres de los miembros que habrían de integrar dicho Congreso. Como diputados propietarios se encontraban los miembros de la anterior Suprema Junta Nacional: Ignacio Rayón, José Sixto Verduzco, José María Liceaga, José Murguía y Galardi y José Manuel Herrera. Como diputados suplentes fueron nombrados Carlos María de Bustamante, José María Cos y Andrés Quintana Roo, este último por Puebla. Como punto de partida, empezaron a trabajar sobre la base de los Sentimientos de la Nación de Morelos, documento que fue en gran medida el fundamento para la elaboración de la Constitución de 1814, que declaraba la independencia de América de España, afirmaba que la soberanía dimanaba del pueblo y establecía un gobierno liberal, entre otros puntos.

En noviembre del mismo año, como el diputado por Oaxaca, José María Murguía y Galardi, elegido presidente, no pudo continuar con sus funciones, Andrés Quintana Roo, designado vicepresidente, asumió la presidencia efectiva, y en calidad de tal, firmó el Acta Solemne de la declaración de la  Independencia de la América Septentrional  el 6 de noviembre de 1813. Fue, además, autor de diversas convocatorias y documentos, entre los que destaca el  Manifiesto, con la misma fecha del 6 de noviembre de 1813,  documento que no sólo explica los propósitos del Congreso,  sino que constituye un llamado al pueblo a luchar contra la tiranía.

Durante los meses siguientes, el Congreso fue continuamente perseguido por las fuerzas realistas, lo que obligó a sus miembros a comenzar una vida itinerante, hasta que consiguieron reunirse nuevamente en Apatzingán, en donde lograron finalmente proclamar la Constitución el 22 de octubre de 1814, firmada por 11 de los miembros del Congreso, no así por Quintana Roo, quien no estuvo presente en la sesión final, pero cuya influencia y contribución a la misma fue decisiva. El gran mérito de este documento es que se constituyó como el primer intento por organizar al país sobre una base republicana. Una vez firmada la Constitución, el Congreso insurgente tuvo que huir de nuevo, hasta que se disolvió finalmente en Tehuacán, Puebla.

Andrés Quintana Roo y Leona Vicario, quienes finalmente se habían reunido y casado, huyeron y permanecieron escondidos en la Sierra de Tlatlaya (en el actual Estado de México), viviendo bajo las condiciones más inclementes, hasta que recibieron el indulto en marzo de 1818. Ambos, en compañía de su hija Genoveva, a la que Leona había dado a luz en enero de 1817 en una cueva,  se trasladaron a vivir a Toluca con escasísimos recursos, sin la posibilidad de recuperar nada de los cuantiosos bienes de la herencia de Leona, confiscada por los realistas. Hasta 1820, la pareja fue autorizada a volver a la Ciudad de México, siendo aceptado el ingreso de Quintana Roo al Colegio de Abogados.

Una vez consumada la Independencia en 1821, y con el compromiso de enfrentar el gran reto que significaba la construcción de una nación firme y estable sobre las ruinas de una economía destruida, los principios de quienes se enfrentaron a este reto se pusieron a prueba, y durante todos estos años de reconstrucción, Andrés Quintana Roo no renunció en ningún momento a participar en la edificación de una nación independiente. Uno de sus grandes méritos es que nunca se amedrentó ante ningún gobierno ni ante ningún gobernante; su integridad y convicciones, así como su amplio sentido del derecho y la justicia, siempre lo llevaron a enfrentar, como Diputado y desde la tribuna del Congreso, con palabras o mediante su pluma, a aquellos a quienes consideraba traidores o a quienes consideraba  poco dignos de su posición.

Fue así como enfrentó a Agustín de Iturbide cuando éste, ya emperador, buscó restringir la fuerza del Legislativo, criticándolo también por su intolerancia, a pesar de haber sido nombrado por aquél, como subsecretario de Relaciones. O cuando, con un enorme valor civil, y haciendo gala de su rectitud y sentido de la justicia, denunció ante la Cámara, la ilegalidad del gobierno de Anastasio Bustamante (1º de enero de 1830 al 14 agosto de 1832), quien había desconocido al de Vicente Guerrero, orillando al Congreso a declararlo imposibilitado para gobernar el país; acusando, también, a su ministro de Guerra, José Antonio Facio, y al de Relaciones, Lucas Alamán, de haber orquestado el asesinato del general insurgente el 14 de febrero de 1831. Quintana Roo mostró su indignación ante tal hecho, desde las páginas de el periódico El Federalista Mexicano, que había creado en enero de 1831 con el fin de combatir al gobierno usurpador de Anastasio Bustamante. El Presidente mandó catear su taller y emprendió una agria campaña de desprestigio contra Andrés.

Del 14 de septiembre de 1833 al 1º de julio de 1834, durante los intermitentes gobiernos de Antonio López de Santa Anna y Valentín Gómez Farías (su vicepresidente), Andrés Quintana Roo se desempeñó como ministro de Justicia. Siendo un hombre de visión, y conociendo bien las necesidades de la época, reflexionó y se convenció que era menester llevar a acabo una rápida y radical reforma en materia eclesiástica, que lograse modernizar al país por medio del laicismo, de la separación Iglesia-Estado y de la puesta en circulación de los bienes de la Iglesia, cuyo carácter improductivo constituían una carga para la nación. Se lanzó, abiertamente también, en contra de las actividades políticas que desde el púlpito el clero realizaba para difundir sus posiciones. Para ello, Quintana Roo publicó el 31 de octubre de 1833 una circular con su firma, que causó una profunda alarma dentro del partido conservador, pues en ella quedaba asentada la sumisión del clero al gobierno, y la separación de la Iglesia y el Estado. “… El Presidente ha asentado como regla invariable de su conducta el separar los intereses de la religión de los del gobierno nacional, que puede y debe sostenerse por sí mismo, sin ningún apoyo ni arrimo extraño…”  Es así como Quintana Roo se adelantaba en palabra a lo que 20 años después se volvería una realidad. Sin embargo, con la vuelta de Santa Anna al poder en 1834, y haciendo gala de su volubilidad, el presidente daría marcha atrás en todos estos decretos. Esta situación llevó a Quintana Roo a renunciar a la cartera de Justicia a fines de junio de 1834. Sin embargo, a principios de 1835 fue nombrado Magistrado de la Suprema Corte de Justicia, cargo que conservó hasta su muerte.

Sus grandes aptitudes, su celo para desempeñar su trabajo y su honradez incuestionable llevaron a que, en no pocas ocasiones, el gobierno le encomendara comisiones especiales, como la que le confió el presidente Antonio López de Santa Anna en 1841, para lograr mantener la unión del territorio nacional cuando Yucatán intentó separarse de él, misión que lo llevó de regreso a su tierra natal después de 30 años de ausencia.

El 21 de agosto de 1842, Leona Vicario, la esposa de Quintana Roo, murió y fue enterrada en el Panteón de Santa Paula, en la ciudad de México. Andrés continuó dedicado a sus hijas, Genoveva y María Dolores, a sus libros y a su pluma, que continuó consagrando a la Patria.

Además de sus artículos periodísticos y de sus discursos políticos tan enérgicos, Quintana Roo se dio a conocer como poeta en el Diario de México. Perteneció al grupo de románticos identificados con el liberalismo, que Ignacio Manuel Altamirano clasificó como “poetas de la Independencia”. Escribió mucho, pero gran parte de su obra fue publicada de forma anónima. Una de sus poesías más conocidas es Oda al Dieciséis  de Septiembre, de corte romántico y entonación patriótica, en el que condena la tiranía y exalta la libertad.

Por su gran amor a su país y a la libertad, por su educación, honradez y rectitud, por su encomiable labor durante la guerra de Independencia y por la firmeza de su carácter y de sus ideas, Andrés Quintana Roo fue no sólo muy estimado por los amantes de la justicia y el orden, sino muy respetado, incluso, por sus propios enemigos políticos. Recibió grandes reconocimientos por sus abundantes e inteligentes escritos, aunque no todos han llegado hasta nosotros. Fue un gran maestro entre los intelectuales de su tiempo, por lo que fue electo por aclamación, presidente vitalicio de la Academia de Letrán, fundada, entre otros,  por Guillermo Prieto en 1836, e instalada en el Colegio del mismo nombre, fundado por el virrey Antonio de Mendoza en el siglo XVI.

El 15 de abril de 1851, Andrés Quintana Roo murió víctima de pulmonía a los 63 años de edad, en su casa ubicada en la calle de la Merced número 19, en la Ciudad de México, y fue sepultado en el panteón anexo al Santuario de Nuestra Señora de los Ángeles, junto a su esposa Leona, cuyos restos fueron mandados traer por su hija Genoveva desde el Panteón de Santa Paula.

El 28 de mayo de 1900, los restos de Quintana Roo y los de Leona Vicario fueron trasladados a la entonces Rotonda de los Hombres Ilustres del Panteón Civil de Dolores, por disposición del presidente de la República, el General Porfirio Díaz. Finalmente, en 1910, fueron  llevados a la Columna de la Independencia, recién inaugurada, para rendir así homenaje a un hombre que, desde diferentes campos, luchó por la libertad de los mexicanos. En su honor, se le dio nombre al actual estado de Quintana Roo.

Articulo original aqui

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